"VACACIONES INOLVIDABLES" (CUENTO)

                                                  XIII. VACACIONES INOLVIDABLES


Sol, playa, brisa marina… con los ojos cerrados escuchando “Batida de coco”... imagino moverme al son... mientras me mezo en una blanca hamaca de yute, bajo la sombra de un quincho playero, a unos cien metros del mar, degustando sin prisa mi caipirinha… Más morena que los lugareños de San Salvador de Bahía, en pleno éxtasis de disfrute, descanso intentando negarme a la inexorable realidad. ¡Ya debía volver a casa, al mundanal ruido, a la locura de los horarios, las discusiones telefónica con los clientes!

Es que soy la mala de la película. Me toca hacer las cobranzas de las cuentas corrientes, para la empresa donde trabajo. Increíblemente, todo el mundo en San Pablo, necesita que le recuerden la deuda para dignarse a pagarla. Afortunadamente para mí, porque vivo de eso…

De repente, escucho un “Crshhhh”, mientras ya aterrizaba en la arena, sin anuncios, y sin escala… Se había desamarrado la cuerda del lado de la cabeza, tomándome de sorpresa…

Toda mi pequeña humanidad de metro sesenta, quedó extendida en el piso, mirando el techo de cañas, y mi caipirinha volcada al lado mío... Sentía tal bochorno, que no sabía cómo levantarme con dignidad…

Sin darme tiempo a reaccionar, la sombra de un ángel se arrodilló al lado mío y rápidamente me cargó en sus brazos. ¡Vino en mi ayuda! Lo miré a la cara, y era real… Tan real como la vergüenza que estaba pasando, y como lo bien que me sentía ahí… Lo miré directo a sus enormes ojos verdes, con intención de entrar en su alma, si pudiera. “Gracias”, le dije con la voz más dulce del mundo -que ni yo sabía que tenía-.

El sonrió, dejando ver su perfecta y blanca dentadura, y me preguntó si estaba bien. ¡Claro que estaba bien, mejor que nunca! Hacia mucho tiempo que no recibía una muestra de cariño como ése. Quería aferrarme a él y llenarlo de besos… Pero solo le dije que estaba bien, y que podía bajarme… Todavía no sé si soy muy estúpida, o es muy estúpida toda mi fingida educación. Pero no importa, porque tuve la oportunidad de quedarme conversando con Geraldinho toda la tarde, hasta que el sol se escondió completamente. Pude apreciar su físico esculpido por los dioses, a centímetros de distancia; también que la palmera estampada sobre el muslo derecho de su malla celeste, tenía cinco cocos y trece ramas; que él tenía dos lunares chiquitos en la nuca, uno a la vista y el otro casi tapado por el borde del cuello de su blanca remera ballenera; el cabello cortado al rape, las manos más suaves que me han tocado en mi vida -aunque solo haya sido para levantarme-, labios generosos que me llamaban insistentemente, pero que debía rechazar si la invitación no salía de su boca.

¡Qué destino injusto! Ese era mi último día en Bahía. Durante tres semanas había estado yendo a ése balneario, sin reparar en el hombre del bar.

Quizá haya sido por causa de mi amiga Bianca que me aturdía hablando de sí misma. Ella tuvo que adelantar su regreso un día, y yo había decidido aprovechar mis merecidas vacaciones hasta el último segundo.

Ahí estaba yo, observando complacida a mi salvador, admirando su buena predisposición con la gente, tomando otra caipiroska en la barra, mientras él atendía al resto de las personas...

Hasta que el llamado de mi vejiga me devolvió a la realidad. Con la idea de ir corriendo al baño, bajé rápidamente del asiento, y me caí estruendosamente. Parece que a mucha gente le causó gracia mi desgracia. Las risas resonaban en mi mente, pero el dolor de cabeza, me impedía fijar mi mirada en alguien.

Nuevamente vino Geraldihno en mi ayuda. Yo estaba vergonzosa y completamente beoda. Lo único que me faltaba era orinarme encima. Creo que eso no pasó.

Mi ángel avisó al compañero, y me acompañó hasta el apartamento, a tres cuadras del parador -El muy desconsiderado no me llevó cargando. Solo me ofreció su fuerte y musculoso brazo para que me sostuviera de él y fuera moviendo mis pies yo solita- .

Casi llegando al apartamento, regué los pies de Geraldinho con vómito. ¡Puro alcohol papi! Se lo merecía por haberme hecho caminar.

Lo miré con carita de culpable, y el muy buenazo, sonrió y me dijo que no me hiciera problema, que era normal que eso sucediera en mi estado.

¡Ya lo estaba odiando, y lo comencé a amar de nuevo! ¿Cómo podía ser tan bueno? En San Pablo no se consiguen así.

No recuerdo más nada, hasta que los tremendos golpes que el conserje propinó a la puerta, lograron despertarme. ¡Ya eran las diez de la mañana!

Yo estaba bañada, con ropa limpia, perfumada. Impecable. No sé en qué momento sucedió eso, pero no tenía tiempo para el planteo. Tenía que dejar el apartamento, ya. Tal como se acordó al rentarlo.

Busqué entonces mi monedero, para confirmar que lo tuviera conmigo, como hago siempre antes de salir de casa.

¡Inútilmente desarmé toda la valija buscándolo! No estaba. Había desaparecido.

¡Menos mal que tenía el pasaje aéreo, y todavía estaba a tiempo de llegar al aeropuerto!

Ésa fue la última vez en mi vida que tomé alcohol en vacaciones...


(CUENTO NRO. 8, DE LOS 20 QUE COMPONEN MI LIBRO DE CUENTOS Y POESIAS.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS)

LO PUEDEN ENCONTRAR NARRADO EN ÉSTE ENLACE DE YOUTUBE:  https://youtu.be/IgWKlroIwyA


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